lunes, 11 de julio de 2011

La lluvia, el futbol y una opinión de mierda y amargura sobre las últimas cosas que pasan en el mundo sin negar que estoy harto de mi existencia

Cuando leía todos los blogs que se me atravesaban, el tema recurrente entre la gente de Hermosillo, por estas fechas, era la lluvia o su ausencia. Para algunos se trataba de una fiesta y para otros de un fastidio. Yo no sé de qué lado ponerme ya que, por un lado se nos olvida que vivimos en un infierno y por el otro las calles de esta ciudad se tornan sumamente caóticas. Recuerdo que alguien celebraba los estragos de la tormenta. Le parecía una broma el hecho de que el agua se les colara por todos lados y hacían de eso chuscas entradas de apología. Otros, más románticos quizá, pensaban la lluvia como el escenario ideal para hacer el amor entre los relámpagos y los chasquidos de las gotas al estrellarse en las ventanas. La lluvia, pues, es una fiesta a pesar de todo.

Ya no he vuelto a leer nada sobre la lluvia: será porque ya nadie escribe en el blog o porque ya no leo con el mismo ímpetu los blogs que son de este mundo. O quizá sea que la gente, la poca que escribe, está más ocupada discurriendo sobre la violencia de nuestro país, sobre las tendencias políticas, sobre la literatura del norte o la poca cultura… Más probable es que sean muy pocos los que escriben y menos los que lean. Tuiter: seguiremos en pie, fuera de toda vanguardia.

Más allá del blog, me he dado cuenta que le gente, cuando llueve, abarrota las cantinas. El cielo gris, el viento y el olor a tierra mojada parece que les mueve algún sensor de la memoria que les activa el deseo de beber, quizá porque esperen encontrar a alguien con quien hacer el amor. Aunque, también quizá, sea más viable pensar que el alcoholismo es detonado por las condiciones climáticas. El caso es que toman para aliviar la sed del calor o por los nubarrones que auguran un clima más llevadero.

Ahora que llovió, y los últimos días que ha venido ocurriendo lo mismo, yo he estado encerrado en mi casa, expectante, sentando en la mesa de la cocina con una pequeña lámpara que ilumina ciertas partes de un libro y oscurece otras tantas. Salgo al patio, fumo y el olor de la tierra mojada me recuerda a mi infancia en un lugar lejos de aquí. Es la nostalgia de un pasado que se me antoja muy remoto, en una estancia donde me sentaba al lado de mi abuela invidente a respirar una mezcla de polvo y eucalipto. Le decía que el cielo estaba muy oscuro y en un punto lejano del mismo los destellos de los relámpagos eran rojizos y en otro blancos y azules. Luego escuchábamos el ruido de los sapos y los grillos invadir el murmullo del viento. De eso me acuerdo.

En algún momento de esta tarde, confundidos entre el viento y otros ruidos del mundo, escuché las bocinas de los carros que invadieron las calles para celebrar la victoria del combinado nacional de futbol. En la página de un periódico local vi algunas fotos de la gente que había asistido a la plaza Zubeldía a celebrar la victoria de México (pienso, en una opinión fuera de lugar que el periodismo local es una mierda, sin excepción. Incluyendo a los periódicos oficiales, a los partidistas y a los que se autodenominan diferentes: mierda todos). Un comentarista decía que en nuestro país hacían falta héroes y que en estos jóvenes la esperanza encontraba un asidero. Y dijo más: las victorias, junto con la última arrebatada a los Estados Unidos, hacen que la gente sea más feliz al olvidarse de los momentos difíciles por lo que pasamos. Los encabezados de las páginas de internet rezaban: el triunfo de todos. Y Felipe Calderón lo aplaudía.

El futbol, el paliativo por excelencia, nos salvaba de un día más de afrentas. Mañana, cuando esto haya pasado, el buen sabor de boca que nos dejó la victoria se habrá transformado en el mismo gesto de indiferencia que nos aqueja todos los días al enterarnos que alguien ha muerto a manos del crimen organizado. Seguiremos pensado que la política es una porquería, que estamos perdidos y que estaríamos mejor con López Obrador. Un hombre (un simple ser humano) ha tomado un avión en un arranque de locura en busca de su sueño: también será digno de todo nuestro desprecio ya que lo nuestro es y será la apatía. Y también saldrá el sol y la lluvia se evaporará y el calor será de nuevo nuestro demonio tutelar. Quedará la sed, las cantinas y el deseo enfermizo de hacer el amor con lluvia o sin ella.

domingo, 3 de julio de 2011

Lo que me pasó por la cabeza el día del padre

La gente piensa que soy especial, gente, claro está, con problemas de autoestima más graves que los míos. Dicen que tengo el mundo a mis píes, que no soy tan feo y que encuentran en mí a un buen tipo. Aduladores. Mi inteligencia, esa que me permite que las personas digan de mí tantas cosas, rebasa la media de las personas comunes y corrientes: hablan de mi carisma, mi simpatía, mi prosperidad y mi elocuencia. Otras gentes, más preocupadas por sí mismas (bendito sea Dios), alegan los contrario. Me atribuyen la soberbia, la pedantería, la poca imaginación y el patetismo de quien ha leído un par de libros y escrito, apenas, un par de líneas pretenciosamente elaboradas. Habrá a quien le parezca un simple individuo más sobre la tierra. Eso es lo que sé y, a decir verdad, me reconforta saber que no les paso desapercibido. Pero estoy más cómodo sabiendo que no soy nada de otro mundo.

No soy de esos tipos que andan por el mundo tratando de explicar sus intenciones, ni manifestando sus ideas a cualquier persona. Aunque a las pocas personas que me tienen paciencia, suelo atiborrarlas con mis tonterías: algo que les suena a idealismo, en el mejor de los casos, o a romanticismo, en el peor de ellos. Esta noche miré el futbol en mi casa (porque ahora tengo televisión) y después pasé un vistazo sobre un libro que no entiendo. Después, ante un ataque de angustia, hice un par de llamadas a viejos amigos y nadie me respondió. Tomé las llaves de mi coche (que por cierto no quiero hablar de él) y salí a dar vueltas por la ciudad. Me gustaría decir que salí sin rumbo, pero esta noche no me siento lo suficientemente poeta para ensartar mis trivialidades. Uno siempre tiene un rumbo. Yo busqué el mío y descubrí que, inevitablemente, siempre desemboco en el mismo lugar. Sin dinero, sin tabaco y con pocas ilusiones, entré a un bar, al mismo de siempre. Tomé asiento en la barra y pedí un tarro de cerveza oscura. El lugar estaba un poco solo, apenas habitado por las mismas personas de siempre. Escarbé en mi bolsillo y, entre un lápiz y un encendedor que me regalaron en España, rescaté algunas monedas para ese viejo artificio de la música digital.

A las doce de la noche alguien me dio una palmada en el hombro y me deseo felicidades. Me sentí extraviado. Después vino otro triste borracho y me dijo lo mismo. Sentí, por un momento, que era el día de los pendejos ya que mi cumpleaños está muy lejos. Caí en cuenta que era el día del padre y me desconcerté todavía más. Me paré a felicitar a los poco que ahí estaban, sin tener la delicadeza de preguntar si eran ellos padres o si lo habían sido en algún momento. Y entonces, me pregunté, qué será de mi padre, qué hará ahora a más de 700 kilometros de distancia. Con qué valor cogería el teléfono para felicitarle por un día tan absurdo y sobre el cual ni siquiera estaba consciente. Ese día yo tendría que celebrar mi orfandad. Cuando me iba, un viejo amigo entró, prendiendo un cigarro, fiel a su miserable costumbre y me invitó dos cervezas. El resto de la noche hablamos de Argentina, de mi paso atropellado por una pensión de estudiantes, de los cortes de carnes, de Roberto Arlt, del whisky y de los planes a futuro. Yo quise mencionarla en mis palabras, quise escribirle un texto al celular, sentí que debí hablarle por teléfono, pero, siempre hay un pero, se me habían acabado los pretextos. Aquellas palabras: te extraño, te amo, necesito verte. Abandonaron el significado original y pasaron a ser reproches. Después quise pasar por su casa, pero ese después fue siempre postergado. Será después. Mañana será el después y después será mañana ¿no es así cómo funciona esto?

martes, 14 de junio de 2011

Yo: narrador de vestigios

Los recuerdos son tormentas, borrascas, bosques oscuros. Y al revés: las tormentas, las borrascas y los bosques oscuros también son recuerdos. Pensando en todo esto, y en lo que dejo de fuera, me quedé mirando las gotas de las primeras lluvias que azotaban la ventana. Entonces me has pasado por la cabeza, y pude ver tu imagen esparcida en el vidrio empañado de la ventana que mira hacia la nostalgia. He concluido: lo que me pasa a mí es la nostalgia, tamizada por una mala prosa poética sentimentalista y sensiblera. La gente que lee los pocos textos que me he atrevido a mostrar, sostiene que algún día mi nombre resonará por todas partes, acompañado de la fama y el dinero. Yo no sé qué pensar al respecto. Mis historias, cercanas al melodrama telenovelero, parecen tener una recepción fabulosa entre las amas de casa y los adolecentes educados por la televisión y el cine barato. Gente del ambiente literario, algunos no muy ajenos a los dos grupos mencionados atrás, aprecian lo que ellos llaman un limpio estilo, la metáfora fácil y sustanciosa, la plasticidad fotográfica de mis descripciones pero, sobre todo, la emotividad de mis personajes que, repito sus palabras, los sienten como parte de ellos. Es decir: sienten que cualquier lector está cercano a los conflictos amorosos que planteo. Y entonces, cuando escucho esto, siento que no vale la pena seguir escribiendo si lo mío está en todas partes, si es tan evidente, si mis historias no develan el empolvado telón de la realidad.

Siempre he creído que los escritores no debemos hablar de lo que escribimos, ni argumentar que lo que quisimos decir cuando dijimos tal cosa… Pero me siento frustrado, arruinado y llevado al plano de la trivialidad. Soy un escritor, como lo sabrás tú querida Amelia, que tiene en la cabeza y en la vida propia lo elementos necesarios para deslumbrar a muchos: tristeza, nostalgia, arraigo y cultura general. He leído a los grandes, estoy inscrito a un partido político de izquierda, me preocupan ciertas causas sociales y asumo que el mundo es una mierda. Además soy un infeliz desgraciado y perdedor de todos los concursos literarios. Disfruto vivir en el margen de la cultura y no tengo a nadie que me reciba con un tierno beso al llegar a casa. Sin embargo, llevo la vida lo mejor que puedo y, dentro de mi vida, te llevo a ti, querida.

Tuve la osadía de pedirle a un señor ilustrado un prólogo para mi próxima novela y me dijo, en pocas palabras, que serviría más mi presencia en el mercado de abastos vendiendo legumbres. Y sentí rabia. Fui con otro, atendiendo a su apacible semblante, y me dijo que, si el texto no era un chiste o una parodia, entonces era una basura. Y volví a sentir rabia. Por todo esto, y por lo que dejo fuera, he decidido defenderme con los pocos argumentos que la vida me ha dado y con otros que tomo prestados. Yo escribo lo que veo y lo que soy. Mis ruinas escriturales son los vestigios de una realidad arruinada. Los hombres, las mujeres, somos cascaras, figuras deformes por el sistema, juguetes de las circunstancias globales. Nuestra historia es una caza de brujas, un aquelarre, una alharaca, una disonancia: un cúmulo de malentendidos. ¿Y cómo trabajar con esos resabios? ¿Qué hacer con ellos, sino evadirlos? Cómo decirte, sin que suene gastado, que no estoy dispuesto, ni disponible, a pedirle al mundo que atienda mis pesares de ser humano hipersensible.

Los escritores somos exhibicionistas. Buscamos la manera de cifrar el llanto y la pérdida de los valores humanos en mamotretos, somos vates, interpretes, poetas, prestidigitadores. Nuestro problema, dicho lo anterior, es que escribimos en el desfase, vaticinamos el pasado, interpretamos en base a modas pasadas de moda, poetizamos el cliché y nos prestidigitamos el estilo. Sin embargo, la culpa no es nuestra, es del mundo, de la distribución geográfica que nos puesto este paisaje árido como escenario de nuestras comedias. Y pese a todo, con mi inocencia a cuestas y maravillado de mi conciencia, estás atravesada en todo lo que escribo, en todo lo que garabateo y en lo que escribiré el resto de mis días.

En mis textos busco el equilibrio de mis emociones dislocadas, de mis incongruencias. Cifro el arrebato de los días, la contingencia diaria, mis ganas de un mundo más justo, la desesperada angustia de no tenerte, las inclemencias del clima, los olores de nuestra cocina, las desigualdades sociales, el miedo a no ser lo que de mí espero, la tristeza de los aeropuertos, la ignominia de los pasajeros de este tren expreso que es la vida. Las palabras, la masa que unifica mi creación, son la de todos los días, la de todas las horas. Son las palabras que nos contienen, las que nos nombran, las que nos hacen prisioneros del entorno. Las palabras son mías y en todas ellas yo encuentro los ecos de tus voces, las melodías remotas de tu infancia, las reminiscencias de tu pueblo. Entonces, tú eres mis palabras y yo un simple orquestador de tamborazos que intenta reproducir los sonidos de la lluvia cuando caen sobre las piedras. Mi escritura es, por tanto, la sinfonía de los recuerdos que tuve contigo. Me duele, pues, que nadie haya sido capaz de ver mis virtudes poéticas y que no lean entre líneas la historia de amor eterno que llevo a cuestas. Mi rabia radica en la facilidad, en la poca seriedad, de las personas para decir que mi historia contigo puede ser la de cualquiera, como si tú y yo estuviéramos en todas partes, como si lo nuestro fuera un chiste o una historia de folletín. Si yo fuera tú, triste Amelia de mis angustias, gotas de lluvia en la ventana, también estaría indignado. Te adoro.

Blas Barajas.

PD: Las posdatas son absurdas en los textos electrónicos.

jueves, 2 de junio de 2011

La carta que habré de escribirte un día, Amelia

Amelia, niña de los espantos (como reza aquel verso de Sabines), al igual que un personaje de cierto libro, quisiera escribirte una carta total y verdadera, con palabras corrientes y desgastadas por las muchas personas que ya las han dicho, palabras casi ingenuas pero inflamadas de aquella pasión antigua que inflama las cartas. No quisiera, querida Amelia, esperar tanto tiempo para hacerte un recuento pormenorizado de los días que han pasado desde nuestro último viaje juntos. No quisiera, pues, tener listo mi epitafio para que sea aquella carta lo último que pueda escribir. En otro libro leí que las cartas son la forma de la utopía por excelencia por ser siempre una escritura hacia el futuro. Lo subraye, esa fea costumbre mía, y puse a un lado una nota de exclamación. Esto último no vale para mí, ya que en estos momentos yo debería de estar escribiendo una carta al pasado, a otro siglo quizá, donde presiento que nos extraviamos y de donde yo pretendo traerte. Si yo fuera Orfeo, iría por ti al infierno, y también volvería la vista atrás para estar seguro que es tu ánima lo que viene conmigo. Entonces, como siempre, volvería a perderte, por el simple vicio de seguirte buscando en todas partes.

En las afueras de aquella ciudad, mientras se escuchaba en la radio una triste canción que no sé porque a mí me recordaba a un periodo de entre guerras, me pediste que detuviera la marcha del carro y que apagara las luces. La ciudad era un despilfarro de luces y sirenas de patrullas. Por un lado pudimos ver la figura de un elefante y por el otro las jorobas de un dromedario. Desde esa vista, la ciudad era, qué curioso, una carpa de circo. Y yo asentí, porque una ciudad que de noche parece una vejiga hinchada, también puede parecer una carpa de circo. Un par de puentes, algunos centros comerciales y un cuerpo policial sofisticado, jamás harán de esta ciudad un lugar donde pueda vivir civilizadamente. Y también asentí, y también fue la última vez que vimos juntos esa panorámica.

Mi carta, la que un día tendré que escribirte, debería de empezar hablándote de un gato que todos los días, por las mañanas, viene a nuestra casa a pedir comida. Como todos los gatos, éste come, ronronea mientras le acaricio el lomo, rasga la alfombra y luego se va. Te habría encantado conocerle y buscar en su andar algún nombre de acuerdo a sus rasgos. Le he puesto Macedonio, vacilando a cada instante si no le sentaría mejor Sísifo o JaKo Mojo Hoho.

Por las mañanas entra el sol por la ventana del cuarto que ahora ocupo, como una luz tenue de invierno, la luz se filtra por las cortinas que tu madre me regaló hace muchos años. Al despertar, perdonarás el cliché con el que te escribiré mi carta, eres lo primero que se me ocurre, como un arrebato. Antes, cuando joven, prendía al fogón para calentar el café, ahora me he hecho de una cafetera sofisticada que yo compre para ti el día que estuvieras de visita por casa. Está un poco usada, pero la conservo intacta. En el viejo cuarto donde siempre imaginamos a nuestros hijos brincado, me adapté un estudio con mis pocos libros y con los muchos que me dejaste. Te extraño, Amelia, en algún lugar de esa carta tendré que decírtelo: te voglio, te cerco, te quiamo, te veco, te sento, te sono.

Esa será mi carta, dulce amiga mía, una carta al pasado que hable, precisamente, de los recuerdos del pasado, de las cosas que tenemos juntos, de los viajes nunca hechos y los libros nunca escritos, de las magnolias del jardín, de mi nuevo amigo el gato, de las tortugas que se han ido sumando a la geografía de esta ciudad en la que, perdonarás mi redundancia, fuimos tan felices y después tan desgraciados y en la que siempre visualizamos nuestra atopía. Habrá de estar en tiempo presente lo estrictamente necesario, lo que sea inevitable, pero prometo escribir en infinitivo para tratar de demostrarte que aquí los años no han pasado, que mis venas siguen inflamadas, que mis cansados sentidos siguen fuertes y firmes respecto a ti. Un abrazo.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Se está haciendo cada vez más tarde

Querida: buenas tardes. Lo que más me gusta de ti, hablando de aspectos que poco o mucho tienen que ver con el físico, es tu sensibilidad. Ahora que si me preguntas que parte de tu cuerpo me gusta más tendría que decirte una parte distinta todos los días. Es que, a decir verdad, lo que más me gusta de ti es tu conjunto. ¿Para qué habría de querer tus labios sin el hálito mágico que envuelve a tu boca? ¿Tus piernas sin su andar cadencioso por la arena? Espero poder transmitirte una idea clara de lo que provocas en mí. Sin embargo, querida amiga, yo he querido escribirte para decirte que no hace muchos días he encontrado un libro maravilloso que me gustaría compartir contigo, con los riesgos que ello supone.

La primera vez que lo leí te juro que no podía creer lo que me acaba de pasar. Sin embargo permíteme contarte algo antes: una vez, por caprichos del destino, fui a Santiago de Chile. Quiso mi suerte que ese día, que casualmente estaba yo ahí, se montará la feria del libro nacional. Fui (cómo no hacerlo) impulsado por el deseo compulsivo de comprar algo exótico. Para no hacerte el cuento largo, encontré ese libro en una larga pila de libros del mismo autor. Leí la solapa y sin dudarlo lo compré a un precio desmesurado. En el camino de regreso quise leerlo, pero había algo raro que tardé mucho tiempo en descubrir. Yo ya conocía a Antonio Tabucchi: tenía nociones de su estilo y su forma de contar historias. El libro que yo tenía en la manos (se está haciendo cada vez más tarde) prometía ser el mejor según mi fuero interno. En un camino difícil, de montañas y pinos, que va desde un pueblo fantasma llamado Chaitén hasta Futalefú comencé a hojearlo y no supe si era el frio, o la imponente cordillera o quizá lo accidentado del camino lo que me impidió concentrarme en la trama de un anarquista español que daba su testimonio sobre la guerra civil. Algo raro había pasado con el Tabucchi que yo leí en Sostiene Pereira o en El juego del revés. Sin embargo estaba en el plan de perdonárselo todo. Al principio creí que estaba leyendo un prólogo con un fuerte contenido ideológico: luego tuve la sospecha de que me habían vendido gato por liebre y así fue. La portada, la solapa y hasta el precio coincidía con el libro de Tabucchi pero el contenido correspondía, precisamente, al de un autor anarquista que exponía el impacto de los ideólogos rusos en España. Qué le queda a uno después de esto que no sea el ultraje y el sentimiento de angustia ante la frustración de las expectativas generadas. Pues para decirlo pronto y a lo bestia, me emperré en conseguir el verdadero libro y emprendí una búsqueda exhaustiva por todas la librerías que me fui topando en Argentina. Y fracasé en todas, también en las virtuales, y mi esperanza de toparme de nuevo con ese libro se fue diluyendo lentamente. Intenté llenar esa trama de la solapa con mi imaginación, pero eso sólo aumentaba el morbo de saber si el libro era mejor de lo que yo podía suponer.

Prometí no hacerte el cuento largo, querida amiga, pero el libro no es solo un objeto físico sino las circunstancias que me llevaron a él: lo encontré, como siempre pasa, cuando empezaba a olvidarlo, en una librería de viejo y toda la vorágine que me provocó al principio resurgió con más fuerza. Lo compré y lo leí en una sola noche. Más de doscientas páginas. Quedé fascinado y satisfecho al saber que era mejor de lo que había pensado. No quiero arruinarte la trama, aunque en el fondo y en la superficie yo pienso que contar tramas, sea de libros o películas, no demeritan en nada al objeto. Lo importante, según mis pobres ideas, no es como termine sino lo que vaya pasando, el devenir. Entonces, permíteme decirte, se trata de un epistolario muy singular.

Una serie de personajes, todos varones, escriben cartas a sus fantasmas del pasado. Esto que te cuento, querida amiga, simplifica demasiado las cosas: estos hombres escriben cartas al tiempo pasado desde el sentimiento de pérdida que experimentan en el presente. Escriben cartas que no tienen respuesta pero contemplan todas las preguntas: hablan del amor, de la muerte, de los sueños frustrados, del sexo, del arte, del mito, del Dios y lo más importante: de ellos mismos. Yo leo poco en comparación pero bien y con el paso de los años me he venido convenciendo de que los libros que más me gustan son aquellos que descarada y pecaminosamente hablan de ellos como si no hubiera nada más importante. También sé, no preguntes cómo, que todos los libros hablan primordialmente de sí mismos. Es la magia (perdonaras mi romanticismo), la invitación impostergable a convertirte en el autor de esas cartas inolvidables. Este libro me ha dejado, en el ejercicio saludable de ser quijote, la tragedia de la muerte, la vicisitud del destino, las discrepancias ideológicas, los largos viajes por las provincias italianas y la oportunidad de contemplarte en todas tus posibilidades: en la fugacidad, en los umbrales de las madrugadas en las que muchas veces te he imaginado en los brazos de otros hombres, en tus años y los míos, en los sueños que debes tener cuando haces el amor en los brazos del que tuvo el coraje de casarte contigo y en todo lo que quise hacer contigo.

No te he dicho nada del libro, querida amiga, porque no sé cómo hacerlo o quizá porque temo no poder transmitirte con claridad las delicadas metáforas de la muerte y el amor. Toma todo esto, pues, como un esfuerzo en vano, un balbuceo de mi experiencia personalísima con ese texto y luego hablamos.