Llevo algunos días queriendo gabaratear alguna entrada para el blog. Todas las dejé a la mitad porque las consideré horribles, al igual que esta que escribo. Primero pensé en escribir algo sobre la guardería ABC, pero me parece un tema del cual no puedo decir nada, salvo que me ha dejado en shock. La mayoría de las cosas que he leído al respecto en otros blogs, giran en torno a política, a linchamientos y a babosadas que expresan más que un sentir social, una velada intención política. Qué horrible e indignante. Ya dije mucho al respecto.
Luego pensé en escribir sobre mi experiencia en los antros (a los cuales odio, como decía el ratón Crispín, con odio jarocho). En mis garabatos alegaba que no soportaba los lugares concurridos por más de 300 gentes, al menos que se tratase de una concierto de Juan Gabriel o Luis Miguel (osea yo); además de que en esos tugurios siempre suenan canciones por demás estúpidas que no puedo sacar de mi cabeza por más de una semana. En estos momentos pienso en una de un wey que amenaza con matar a besos y con besar los ojos y sepa cuánta chingadera más. Además, cada vez que voy a un antro nunca pienso en la posibilidad de encontrar ahí la mujer de mi vida (WTF), mucho menos que alguna de esas weras awevo que andan por ahí prestará más de 15 segundos atención al desparpajo de mi persona, lo cual me da mucho gusto. El asunto es que voy a los antros porque soy incapaz de hacerle a un amigo el día de su cumpleaños un desaire de ese tipo. De ahí en fuera soy capaz de cualquier canallada.
Dejé empezado una entrada cursi, dedicada a cierta persona que no he podido sacarla completamente de mi cabeza. Jamás la publicaré, aunque me late que lo ha sabido siempre.
Próximamente escribiré sobre el regionalismo sonorense, el cual repudio con todo mi corazón. Escribiré como en mi cuatro años en esta ciudad he llegado a quererla a extrañarla y a tirar la basura en su lugar. Relataré cómo me he adaptado con estoicismo a las condiciones climáticas y culinarias. Hablaré de lo molesto y gastado que resulta que algunos "escritores" sonorenses tematizen el desierto y alaben a la tortilla de harina (otra singular característica del regionalismo sonorense). Mi conclusión será que el sonorense regionalista, sin caer en generalizaciones, vive aún en el siglo XIX: cree que es posible forjar una identidad regional homogénea y que puede llegar a ser culturalmente único. Otra de mis conclusiones será que el aparente odio del sonorense al sinaloense (y viceversa) es porque se ven reflejados en gran medida uno en el otro. Por último argumentaré que el sonorence regionalista se cree superior por su cercanía con el primer mundo. Publicaré ese libro en el instituto sonorense de la cultura y lo titularé: tres de asada y un burro percherón. Chao.