lunes, 11 de abril de 2011

Manifiesto dramático. Así empiezo a ser poeta

Queridos hijos, no me interesa cómo han estado. Me interesa más bien contarles como estoy yo: estoy bien. Fumo como perro, bebo licor cuando puedo y en ocasiones bailo contra mi voluntad, desde luego. Hagan el favor de no contarle a mi madre estas cosas. Se pondría muy triste y yo no sabría qué decirle. Hoy es cumpleaños de mi hermana, una persona que no pueden perderse. Por favor escríbanle por mí cuando puedan y cuéntele cómo van las cosas conmigo y como van las cosas sin mí. No le cuente que me he convertido en lo que tanto odié, que he hecho de mi vida lo que he querido y no lo que se esperaba. No le digan, si en algo me estiman, que he perdido la cabeza y que lo he exagerado todo, todo, todo. Ella sabrá entenderme. Pero no es ahora el momento de hablar de esto, hijos, sino de las ideas que pasan por mi cabeza. Después de ver como se van los aviones en los aeropuertos, después de regresar a casa, lo que en ese momento era mi casa, en un colectivo por demás miserable (gente miserable, chofer miserable y todo miserable, incluso yo), me llegó a la cabeza la idea de no tomar jamás mi avión de regreso. ¿Para qué? Cierto que los tengo a ustedes, pero en este momento ya no me son necesarios o, mejor dicho, poco pueden hacer por mí. Me quedaré acá e intentaré seguir el camino de la vida, el camino del pensamiento. Ahora sé que las cosas les van mejor, que son hombres hechos y derechos, que tienen un hogar y una familia. Les pido por favor que no intenten buscarme porque será inútil, terriblemente inútil porque ahora mismo, y con más certeza el día que reciban esta carta, me habré ido a otra parte. Me cambiaré de nombre, si es posible, y venderé lo poco que me queda para seguir viviendo durante algún tiempo, en algún lugar donde no pueda enterarme de lo que pasa en el mundo, en ese mundo que está tan lejos de mi alcance, ese mundo en el que no puedo participar de ninguna forma. Por eso lo detesto, porque hubiera querido estar en el nacimiento de sus hijos, en el bautizo de sus hijos, en las primeras palabras de sus hijos. Comprenderán que son cosas que no puedo sobrellevar tan fácilmente, que me pesan y me van jorobado la existencia. Lo peor de todo, lo peor que me puede pasar en este momento es no tener valor de mirarlos a la cara para intentar decirles todo esto, porque entonces no podría irme. Me atarían a la cama aunque yo al verlos hubiera cambiado de opinión. Detesto cambiar de opinión, hijos, porque apenas los vea todo este edificio del pensamiento se me habrá derrumbado y seguiré atado a su mundo, ese mundo gris que hemos construido juntos con los ladrillos de las palabras y las buenas acciones. Ahora no estoy intentando confundirlos con mis palabras, esas palabras que hasta yo mismo siempre he odiado porque en ellas encontraba siempre las causas justas para justificarme, para seguir adelante, para seguir viviendo una vida absurda. No se confundan con esto último: mi vida junto a ustedes ha sido lo mejor que me ha pasado, pero yo no he podido estar a la altura de sus circunstancias, ni de las mías.
No quisiera regresar a leer lo que hasta ahora escribo porque eso me obligaría a retractarme, a pedirles perdón, a juzgarme, de nuevo, como un adolecente tardío, como un romántico en el sentido literario de la palabra. No, aunque comprendo que no encajo en otro rubro. De ahí mi desfase y mi anacronismo. Mientras leía esta tarde un texto de 1954, un texto en el que posiblemente me haya inspirado para decirles todo esto, pensaba que tal vez, de una extraña manera, la vigencia de ese libro no esté tan caducada como en los círculos académicos se dice. O Tal vez lo que haya caducado sea yo y necesite ver que los planteamientos de dicho texto aún sirven, al menos para mí, para explicarme mi postura en el mundo. ¿Quijotismo? Puedes ser. El caso es que mi vida, el rumbo de mi vida, no puede seguir el mismo derrotero de antes, ni siquiera me he convencido de si deba seguir un derrotero. Lamento no estar a la altura de sus expectativas, de lo que ustedes pensaban de mí, de lo que lograría al estar en otro país. Pienso mucho en ustedes: cuando descubro un lugar nuevo en los rincones de esta ciudad, pienso lo que pensarían ustedes al verlo, al explorarlo. De alguna forma extraña que me he ido inventando, he podido ser cada uno de ustedes en una misma circunstancia. Los extraño, en cada lugar que estoy, los extraño, en cada parte que toco, extraño sus sensaciones ante algo que no conocen sino a través de mí.
Sé que pronto serán padres y estoy muy feliz por eso, porque pueden ser felices esperando hijos, esperando muebles, esperando cartas. En cambio yo nunca he tenido fuerzas, o huevos, para esperar algo. Incluso, podría decir, esperar es lo que más me angustia. Porque no sé esperar, porque siempre me he ido como loco en busca de lo que me espera, porque propicio siempre lo que me espera, porque el determinismo no es lo mío, aunque de esta forma me esté determinando. Así, hijos míos, ustedes sabrán, espero que sepan, que no se puede seguir viviendo. No se puede seguir viviendo jodiendole la vida a las demás personas que esperan algo de mí, o de lo que alguna vez creyeron que fui. Porque han sido lo mejor que me ha pasado, digo esto al borde del llanto, les cuento todo lo que me pasa, porque siento que deben, de alguna forma, saberlo. Si de alguna manera decirles todo esto es tristemente cruel, no decírselos me parece todavía más terrorífico.
Cuando era niño, y soñaba con ser doctor, yo de alguna manera extraña ya los pensaba tal cual son ahora. A lo largo de estos pocos años he pensado en cambiar, en levantarme temprano a tomar el café con ustedes, en compartir el desayuno y la canción de la semana, en leer con ustedes las noticias. Salir a correr, mirar el futbol, prepararles de vez en vez la cena, ir de excursión al campo, andar en bicicleta, leerles algún cuento a sus hijos, jugar a la cartas, salir por el pan, preguntarles cómo les ha ido el día y hasta ir a misa si es necesario. Pero no he podido, lo juro. Son ustedes lo que más he querido y no he tenido la voluntad necesaria para hacerlo. No he podido. Porque he preferido seguir durmiendo y permanecer sordo a sus alegrías. En estos soy como mi padre que jamás ha podido dejar a un lado su rabia de seguir viviendo como le ha venido en gana, a pesar de todo. Por eso he decidido quedarme acá, lejos de ustedes, recordándolos a cada instante, esperando que piensen que pude ser lo mejor de sus vidas antes de echarlo por la borda. Decepcionar a otra persona, como si fuera poco lo que me he decepcionada a mí mismo, no podría soportarlo. No me gustaría, pues, ser el lastre de sus vidas, terminar siendo aquello que siempre criticaron de los otros. No quisiera vivir a la sombra de su coraje ya que yo no he podido, ni podré y ni pretendo ser alguien en algún momento. Los conozco y sé que me tendrían a su lado siempre, como un parasito. ¿Recuerdan de lo que hablamos hace dos o tres navidades, mientras jugábamos a los naipes en la casa de la abuela? Hablamos de la familia, de lo que queríamos ser. Ahora permítanme enmendar la letra: hablé de lo que quería yo que fueran porque desde ese momento yo ya me sabía excluido de todo plan a futuro. Espero conserven esa idea mía y que aquella conversación que tuve con alguno de ustedes no se haya ido al carajo. He tenido muy poca vergüenza al escribirles todo esto, pero comprendo que no podía dejar de hacerlo debido a todo lo que por ustedes siento. Trataré de escribirles pronto para hablarles de mí ya que, de una forma extraña, es también hablarles de ustedes. Los extraño y espero volver a verlos un día de estos. Un abrazo.

1 comentario:

ana dijo...

yo creo que es el estrés de la tesis, blas barajas. veo como cada uno de nosotros va desfigurándose poco a poco, exagerándose, negándose tres veces antes de que cante cualquier animal o máquina matutina.