domingo, 3 de octubre de 2010

En un camión pasajero, de los que no van a Sonora, no se subió ninguna señora ni nada por el estilo. Aproveché el espacio del asiento de al lado para estirarme. Corrí la cortina de la ventana para mirar algo del paisaje. Afuera había una protesta contra el gobierno: tambores, juegos artificiales, estallidos y gritos. Como la avenida principal estaba cortada, el autobús agarró rutas alternativas que por un momento me hicieron pensar que me había equivocado de camión. Empezaba a sentirme perdido. Me aburrí. Un aburrimiento que venía de mí y se proyectaba en todo lo que veía, un aburrimiento determinado por situaciones internas que no tiene una expresión corporal, que no se manifiesta con un bostezo o un estiramiento. ¿Qué hacer, pensaba, ante una circunstancia similar? Tenía ganas de leer algo pero había dejado mis libros en casa porque en un viaje tan corto me es difícil concentrarme. Además siempre que he hecho ese viaje termino dormido apenas el autobús abandona la ciudad. La ciudad de la furia, le dicen. ¿Qué hay en esa ciudad, me pregunto, que la hace furiosa? Aún no sé. Yo iba pensando en todo esto, sin llegar a ningún lugar, odiándome profundamente por haber hecho por primera vez (espero que sea la última) la excepción de no llevar conmigo cualquier libro. Revisé mi mochila y encontré el mapa de un panteón donde están sepultados muertos ilustres y adinerados. Pero ese mapa era medio malo y con muy pocos datos que se limitaban a señalar la ubicación de algunas tumbas: Sarmiento, Dominguito, Bioy, Evita Perón, Oliverio. No es por dar la contra, pero las tumbas que más me gustaron contenían en su interior a personajes desconocidos. Algunos templos, de esos que me gustaron, acusaban el paso del tiempo con mayor rigor. Era la muerte y el olvido lo que se podía ver en los ladrillos desmigados, en las hierbas al interior, en las fotos amarillas con verde que mostraban alguna boda o algún momento feliz. En otras, los ataúdes roídos por los gatos se asomaban por las ventanas. Se trataba aquello de una muerte distinta, escalofriante: una muerte de olvido.
Dejé de pensar en eso para volver a los recovecos del camión, a las manifestaciones de las gentes, al ruido de los carros, a la ausencia de algún libro en mi mochila, al paisaje de una ciudad que me trae muchos recuerdos, a las calles de un barrio tradicional que me sacude y me pone de cabeza. Pasábamos por San Telmo, dando un rodeo que no estaba en mis planes. Aburrido, como soy, sólo pude pensar que aquello era una mala pasada del destino, una broma macabra que me regresó a mis primeros días en esta ciudad. Sonreí, recordando aquello, con la mitad de la boca.
En mi mochila, además del mapa, llevaba una agenda que me regalaron cuando compré un videojuego que terminé donando a mi hermano. Mis datos, mis actividades, documentos importantes, números de teléfonos, tarjetas postales que recibí alguna vez, enumeración de pendientes, de proyectos frustrados, de planes a futuro. Un calendario con fechas marcadas, algunas de ellas olvidadas inconscientemente. Así empezaba ese día, señalando en mi agenda: viernes primero de octubre de 2010, en una hoja en blanco. Todo por hacer. En mi ciudad de origen apenas estaría amaneciendo y yo estaba bordeando una manifestación.

2 comentarios:

La Puchaprieta dijo...

El sábado 2 de octubre pasé por una birreria que lleba por nombre "San Blas"; te pensé en tus tiernas edades trabajando en la frontera a cambio de techo, comida y la promesa de estudiar una carrera, hasta te imaginé aprendiendo inglex.

-"Yes, i do". (con i latina baja) Respondí cuando pedí mis tacos.

María dijo...

Hola amigo :)
hoy sin necesidad de que me pidieras, voluntariamente leí tus escrituras.
Es bonito ponerse al corriente aunque no esté, aunque tú estés lejos.
No dejes de escribir nunca, incluso si apestas en ello xD nunca lo sabré por que no soy aplicada en la lectura.
Pero te quiero :) sea feliz. sea libre.